miércoles, 28 de mayo de 2008

9. El alma de Banff Centre


Y por supuesto el Banff Centre no podría funcionar sin un equipo de gente que se encargué tan atentamente de él. Hoy sólo una pequeña prueba... la mejor. Aquí en la foto me acompaña Lucy Martin, originaria de Belfast, Irlanda y quien luego de haber laborado en el Departamento de Teatro del Banff Centre, se integró desde setiembre pasado al Departamento de Servicios a la Comunidad. Ella ve que estemos a gusto y que nuestra residencia se desarrolle lo mejor posible.
Con lo anterior sobra decir que ya me ha salvado del desastre en más de una ocasión. Gran mujer en todo sentido.

8. Más del Banff Centre





Estamos a sólo un par de días de que el taller de Jazz que comenzó hace tres semanas acá en el Banff Centre llegué a su final. Los músicos invaden de manera genial todos los espacios, haciendo de todo una fiesta. Ayer tocó un buen amigo Rafael De Brasil, es un gran saxofonista, ya añadiré video. Agrego fotos de lo ociosos que asistimos (De izq a derecha, Jaspers, Holanda; Yo mero; Taina, Cuba; Ruth, México; Javier Moreno (músico español del que leerán más); y Rafael, Brasil) y del Bajista Patrick Reid de Canadá quien es espectacular...

lunes, 26 de mayo de 2008

7. Más de los artistas de Banff


Justo ahora en el Banff Centre hay una gran actividad, taller de Jazz a unos días de su conclusión, lo mismo de dramaturgia y escritura; además de algunos (muchos, más bien) que hacen residencias autodirigidas. Conforme los días avancen, en Stultifer Navis será posible conocer detalles de las carreras de algunos de ellos, así como sus proyectos actuales. Por ahora, una leve muestra:

Foto 1 (de arriba e izq hacia abajo): Leah (Artista visual, Canadá), David (Artista visual, Canadá), Ari (videasta, México), Jordi (Ceramista, Montreal), César (Artista visual, México), Ruth (artista visual, México).

Foto 2: Natasha Greenblatt (actriz, Canadá)

6. La tripulación en Sulfur Mountain.



Foto 1: (de izquierda a derecha): Rafael (Músico, Brasil), Eduardo (Animador, Colombia), Ruth (Artista visual, México), Tayna (Bailarina, Cuba), César (Artista visual, México), yo mero (algo, México), Guy (Artista visual, Canadá).
Foto 2: Yo mero de nuevo

domingo, 25 de mayo de 2008

5. Sulfur Mountain



La niebla, el frío voraz y la buena compañía fueron los ingredientes centrales de esta salida en la que pude descubrir uno de los puntos más altos de las cercanías de Banff. Hay primero, cierto vértigo en el viaje en "góndola", nombre con el que se refieren en estas latitudes al teleférico. El viaje, si bien no tan agreste como la sibida a pie de casi tres horas (cosa viene lque sólo se puede hacer si el piso está seco, cosa que hoy no ocurrió), es una gran oportunidad de contemplar todos los rincones de la gran montaña y sentirse en verdad pequeños. El clima conforme se asciende, disminuye, la niebla domina ante la mirada y domina una extraña sensación de cercana lejanía con el paisaje.
Luego, viene la caminata por el sendero preparado. En condiciones regulares uno vería cabras montesas y algunos otros animales salvajes. Hoy, debido tal vez, a las condiciones climáticas, sólo algunas ardillas hicieron su aparición. el frío entumece las manos; Guy Laramiee, artista visual que hoy fungió además como nuestro guía, me presta sus guantes. La niebla lo domina ya todo, por momentos, de hecho, las montañas desaparecen del panorama. Todo cobra otro sentido visto así, lo que no está ante los ojos es lo que importa, lo que predomina en el ánimo. Basten las imágenes que aquí dejo.

4. Alan Cumyn


Considerado como uno de los autores canadienses contemporáneos Alan Cumyn es autor de una amplia producción: Man of bone, Burridge Un bound y The Sojourn; se encuentran entre sus obras publicadas. Ha sido ganador de. Ottawa-Carleton Book Award, Trillium Book Award, entre otros. Pero que mejor que su obra hable por sí misma. He aquí un fragmento de The Sojourn, extraída de la página del autor:

My strategy is a simple one. I follow the King's Road and ask every four or five blocks if I am in Chelsea yet. And when I am finally told I am in Chelsea, by a prim set of ladies gussetted so tightly their eyes seem to bulge, I ask where Stokebridge Street is. Since they don't know–and the next four or five have no idea either–I continue on. Finally, a greengrocer tells me where to turn, what roads to follow, and then I am on a curving, quiet street of joined houses, quite new-looking, with black iron gates and tiny front gardens.

Number 30 is exactly halfway down the street. I pause for a moment, consider, absurdly, turning around, making my way back to the King's Road, finding a bus to return me to the woman with wormy teeth at Victoria Station who knew where soldiers were meant to stay.

Instead, I push through the gate, walk to the front door, handle the knocker with too much authority, as if I were some barbarian come to ransack the place. When the door opens, a tiny old woman in a maid's apron gives a jump. "Yes?" she says, with swimming blue eyes, not frightened so much as full of questions and surprise.

"Excuse me, ma'am," I say. "My name is Ramsay, Ramsay Crome. I'm a cousin of–" and I halt, tied up in the semantics of it. I try again. "My father is George Crome, who is the brother of–"

"Good Lord!" she says and takes a step back, then shuts the door in my face. I can hear her clucking down the hallway, and stand still, unsure of what to do, how long to wait until I knock again. I haven't moved a muscle, am standing as if on parade when the door is pulled open once more and a soft-eyed, pear-shaped version of my father–he looks like an illusion, a doughy parody of father's wiry toughness–is standing before me in shirt sleeves, suspenders, and stockinged feet.

"Are you George's boy?" he says in wonder–my Uncle Manfred, looking me up and down, not entirely with approval. "He did write that you might show your face sometime. Why the devil didn't you have the decency to wire ahead?" I stand stunned, trying to think through some kind of answer.

"Well," I stammer, "there was awfully short notice about my leave, and I–"

"Come in, come in, for God's sakes!" he blusters and pulls me through the doorway into a narrow entrance hall. "Harriet. Harriet!" he yells and walks ahead of me. "Put your bags here." He motions to the foot of the stairs. "You're staying, of course? How long have you got? HARRIET!" And he stamps up the stairs like an avalanche in reverse, disappears onto the second level. I am left to let my sack slump to the floor, to free myself from the gas-mask bag on my front, to stand my rifle in its canvas bag beside the rest of my things. I have just enough time to look at the small, fussy landscapes on the wall before a calm, willowy, silver-haired woman glides down the stairs and stands before me almost eye to eye.

"So you are Ramsay," she says. "I'm your Aunt Harriet. We are absolutely delighted to see you." She offers her hand, captures me in a moment with her large, bright eyes. "When did you get in? You must be starving," she says. "Miffy!" she calls down the hall in the direction of some back room, perhaps the kitchen. "We have one extra for breakfast."

"No, please, actually, I've eaten," I say.

"Nonsense!" she says, with a funny grin, as if I've made the most wonderful joke. "A growing boy like you. The last pictures we saw you were with your brothers, riding ponies, I believe. You couldn't have been more than eleven or twelve. And now look at you!"

She does look in some amazement at my sorry frame.

"Perhaps you would like a bath," she says after a pause that is so perfectly timed we both break into laughter. I have fallen in love with her, I think–this graceful, sunny-eyed aunt I am meeting for the first time. "Miffy. Miffy!" she says. "Could you draw young Mr. Crome a bath? And his clothes are going to need laundering." She turns to me. "Perhaps you would care to eat in the bath? I know, it's absolutely decadent, but why not? You're here, you've been in the horrors of the trenches–you have been in the trenches, haven't you? I sent those things off not knowing exactly–"

"Yes, ma'am. Thank you so much for the fruitcake."

"Auntie. Please call me Auntie. And you are my Ramsay, and I won't hear a moment's protest. You are here to be spoiled and pampered and fed to within an inch of your life, is that understood?"
My uncle blunders down the stairs, still in stockinged feet, his collar open, sleeves dangling. "How long is he staying?" he asks, and she shushes him with a single look–incredulous, dagger-eyed, punctuated with a dismissive sigh.

copyright 2003 Alan Cumyn

sábado, 24 de mayo de 2008

3. la noche mil y un veces



Nunca publiqué el texto con el que presenté mi libro de poesía "La noche mil y un veces". Lo dejo ahora aquí, por el sólo gusto de compartirlo...
RETRATOS A OSCURAS
Desde mi herida homérica, en silencio.

El primer recuerdo claro que hay en mi vida es cinematográfico. Mi padre trabajaba en el cine Paseo y revisaba ese día algunas cosas propias de su oficio cuando yo me separé un poco de él y abrí la puerta de la sala. Nada podía haberme preparado para la sorpresa que se hallaba ahí donde la penumbra terminaba: frente a mí, estaba el rostro de John Hurt con el triste semblante – que a los ojos de mi infancia lucía aterrador- del que mucho después supe, se llamaba John Merrick. Ya otras veces había estado en un cine, pero era esta la ocasión que en verdad importaba. Poco recuerdo de los dibujos animados que antecedieron a mi encuentro con el hombre elefante. Fue esa la primera vez que supe de la complicidad que existe entre los seres que están en la pantalla y los espectadores que ansiosos les contemplamos. Fue esa la primera vez que mi miedo fue tan grande que se volvió gustoso. No entendía por qué el rostro de ese hombre, si es que lo era, estaba desfigurado en esa forma, no comprendía las palabras que aparecían sutiles por lo bajo de la pantalla, pero el escalofrío que me recorría era un indudable aviso de que una curiosidad vuelta deseo nacía y que ya jamás se iría de mi vida. No pude ver más, pues la mano de mi padre tomó la mía y me alejo de la escena que, pese a todo, no me abandonaba, no me abandona. Pasaron muchos años para que volviera a ver la cinta. Hoy se encuentra entre las joyas más preciadas de mi colección de video, pese a que sé, lo confieso, que cada vez que la vea no podré evitar el llanto. Pero me estoy adelantando.
A partir de ese momento, entrar a la sala de cine se volvió un ritual necesario, mi madre tuvo que soportar verdaderos éxodos a todos aquellos lugares en donde se proyectaran las películas que el menor del clan que ella gobernaba, aún gobierna, quería ver. Fue el cine Lindavista el primer templo de oración fílmica al que asistí constantemente. Ahí, supe por primera vez que en el 221b de la calle Baker, vive un detective de apellido Holmes, claro, en esa ocasión personificado por un ratón parlanchín. Supe también que Peter Pan había perdido su sombra y que luego de recuperarla escaparía a mitad de la noche con los hermanos Darling a la Tierra de Nunca Jamás. Claro que estas cintas son muy ingenuas, pero fueron fuerzas fundamentales para dar vida a esa pasión que en lo más profundo cobraba vida. Deseaba convertirme en el protagonista en cada ocasión; ya fuera para llegar al centro de la tierra, para, con toda la cursilería que el hecho conlleva, salvar a la doncella en turno, o para volar por el simple gusto de hacerlo. La misión no importaba, en cuanto las luces se apagaban, se tenía que estar dispuesto a cumplirla.
Es curioso que mi infancia y el cine Lindavista hayan caído de forma casi simultánea. El día en que noté que las puertas de ese castillo que tan buen resguardo me habían dado no abrirían más, no en esa forma vital al menos, supe que crecía, que la vida sería otra. Vinieron los cambios de voz, las espinillas, el creer que todo mundo está en contra nuestra, vino, en fin, el momento en que uno se convierte en un clisé ambulante. Y también llegaron otras salas, y otras películas: Atracción fatal en el Ópera, Batman en el Latino, y en día de estreno; Henry and June en el Futurama –claro, entrando de contrabando, ventaja que otorgaba el ser hijo de trabajador de cines, quien nunca se enteraba-. Era entonces que importaba más el contoneo de Jane Russell o Michelle Pfiffer que la victoria sobre el terrible enemigo. Vinieron por supuesto, los primeros intentos por llegar al cine de la mano de una dulce dama… pero había que estar preparado: lecciones de dicción con Vincent Price, de baile con Gene Kelly, de francés con un ciranesco Gerard Depardieu; de postura, elegancia, caballerosidad y un toque de gandallismo con Humprey Bogart y todo listo. Uno se lanzaba a la empresa sólo para comprobar que, en la escena tantas veces representada de manera tan perfecta en la imaginación, se terminaba siendo, en el mejor de los casos, una mezcla entre personajes de Woody Allen y Peter Sellers. En esos momentos, uno tiene que vagar por ahí como cartel de película de estreno: Solo en cines. Con su respectivo humor ortográfico. Se quiere ser entonces tan invisible como Claude Rains.
Pero no siempre se lleva este mal hado a cuestas, hay momentos en los que se puede entrar victorioso a la sala e infligir besos cómplices de la penumbra, claro, elíjase en esas situaciones una película de Van Damme o algo por el estilo, pues no se estará muy atento a la pantalla. Nunca hay que elegir a los Herzog o Bergman o Jarmusch en situaciones así, pues todo puede desembocar en una ruptura que cause tal dolor que, al llegar a visita médica y al tratar de describir la dolencia y el lugar específico en que ésta se aloja, no se pueda decir más que: “tengo dolores del río” y nazca de nuevo el lacrimoso océano. Se saben estos momentos tan de cierto que por eso se narra todo suceso omitiendo la claridad de la primera persona, pues nos da el lujo de pensar que todo le ocurrió a alguien más.
Cada vez que entramos a la sala de cine, no es para vivir una sola historia, está la otra, la que se escribe al salir, ya sea con el pecho en alto con el alma lista para empuñar la espada y lanzarse a la batalla pese a la conciencia de que seriamos los primeros en caer; ya sea con el conocimiento de que ahí vienen otros 400 golpes, los nuestros; ya sea con nuestros labios prestos a decir: “pueden llamarme Ismael, pero también Napoleón Dinamyte o Sam Spade”. “quiero trepar muros, quiero ser pirata, mi ángel guarda se llama Casiel”; sea como sea, al abandonar la sala de cine somos ese otro que nunca dejamos de ser.
Si toda forma de pasión requiere de la oscuridad para actuar en plenitud de fuerzas, no es porque quiera ocultarse, sino porque puede reconocer con el tacto amante la otra anhelada piel. Así el cine nos deja reconocerlo y se ofrece pleno. Así también el recuerdo de esas naves que mi padre capitaneo fielmente en tantas ocasiones, surge de la unión de dos de mis más grandes pasiones; el cine y las letras. Sean en la palabra poética, no sólo un recuerdo personal, sino esa voz universal que todos somos en la intimidad que compartimos. Sean el relato que nos salva de la ejecución programada, sean La noche mil y un veces.

Francisco de León
Ciudad de México, junio de 2007.

Segundo envío




Pero si de viajes se habla, he aquí lo que Julio Cortázar versa acerca de la raza nómada (acompañado por un par de fotos más, y es que, no es muy común en México ver venados por la calle):
EL ENCUBRIDOR

Ese que sale de su país porque tiene miedo,
no sabe de que,
miedo del queso con ratón,
de la cuerda entre los locos,
de la espuma en la sopa.
Entonces quiere cambiarse como una figurita,
el pelo que antes se alambraba
con gomina y espejo lo suelta en jopo,
se abre la camisa, muda de costumbres,
de vino, de idioma.
Se da cuenta, infeliz, que va tirando mejor,
y duerme a pata ancha.
Hasta de estilo cambia,
y tiene amigos que no saben su historia provinciana,
ridícula y casera.
A ratos se pregunta como pudo esperar
todo ese tiempo
para salirse del río sin orillas,
de los cuellos garrote,
de los domingos, lunes, martes, miércoles y jueves.
A fojas uno, si, pero cuidado:
un mismo espejo es todos los espejos,
y el pasaporte dice que naciste y que eres
y cutis color blanco, nariz de dorso recto,
Buenos Aires, septiembre.
Aparte que no olvida,
porque es arte de pocos,
lo que quiso,
esa sopa de estrellas y letras que infatigable comerá
en numerosas mesas de variados hoteles,
la misma sopa, pobre tipo,
hasta que el pescadito intercostal
se plante y diga basta.
Antes, después
como los juegos al llanto
como la sombra a la columna
el perfume dibuja el jazmín
el amante precede al amor
como la caricia a la mano
el amor sobrevive al amante
pero inevitablemente
aunque no haya huella ni presagio

aunque no haya huella ni presagio
como la caricia a la mano
el perfume dibuja el jazmín
el amante precede el amor
pero inevitablemente
el amor sobrevive al amante
como los juegos al llanto
como la sombra a la columna

como la caricia a la mano
aunque no haya huella ni presagio
el amante precede al amor
el perfume dibuja el jazmín
como los juegos al llanto
como la sombra a la columna
el amor sobrevive al amante
pero inevitablemente

Desde Banff, Canadá



Estimados amigos, lanzo este breve muestra de que el ocio sí deja con el afán de más bien compartir con ustedes un poco de mi bitácora de vuelo. Ahora los hados me han traido al norte del continente americano, para ser preciso al Banff Centre con la misión de terminar el libro de poesía "Responsos del azogue". El camino ha sido arduo y curioso. Como bien pueden observar ustedes mismos, estoy rodeado por montañas y lagos y animales salvajes (reales, no como en la ciudad de México y sus faunas) y por supuesto abundan todo tipo de bellezas naturales.
El libro va bien, avanzando lento pero seguro. el ambiente de trabajo es inmejorable, la gente es amable a más no poder y se preocupa por que todas nuestras necesidades de trabajo sean cubiertas. La verdad es una experiencia muy recomendable visitar estas latitudes.
Pero hasta aquí dejo que me traicionen la cursilería y el ánimo por lo bonito. este es también un espacio para la palabra, la palabra escrita que siempre me ha capturado y que en más de un sentido comparto con más de uno de los que en este momento sufren el martirio de estas líneas. Así que podrán leer, además, algunos de los textos que he publicado en libros tan anónimos como este blog y algunos otros que, para fortuna del universo todo, no han visto la luz impresa.
La idea es, entonces, abordar de nuevo la nave que tanto tiempo hemos dejado en los puertos vacío: la Stultifera Navis (la Nave de los Locos) leva las anclas hacia... dónde sea.