sábado, 24 de mayo de 2008

3. la noche mil y un veces



Nunca publiqué el texto con el que presenté mi libro de poesía "La noche mil y un veces". Lo dejo ahora aquí, por el sólo gusto de compartirlo...
RETRATOS A OSCURAS
Desde mi herida homérica, en silencio.

El primer recuerdo claro que hay en mi vida es cinematográfico. Mi padre trabajaba en el cine Paseo y revisaba ese día algunas cosas propias de su oficio cuando yo me separé un poco de él y abrí la puerta de la sala. Nada podía haberme preparado para la sorpresa que se hallaba ahí donde la penumbra terminaba: frente a mí, estaba el rostro de John Hurt con el triste semblante – que a los ojos de mi infancia lucía aterrador- del que mucho después supe, se llamaba John Merrick. Ya otras veces había estado en un cine, pero era esta la ocasión que en verdad importaba. Poco recuerdo de los dibujos animados que antecedieron a mi encuentro con el hombre elefante. Fue esa la primera vez que supe de la complicidad que existe entre los seres que están en la pantalla y los espectadores que ansiosos les contemplamos. Fue esa la primera vez que mi miedo fue tan grande que se volvió gustoso. No entendía por qué el rostro de ese hombre, si es que lo era, estaba desfigurado en esa forma, no comprendía las palabras que aparecían sutiles por lo bajo de la pantalla, pero el escalofrío que me recorría era un indudable aviso de que una curiosidad vuelta deseo nacía y que ya jamás se iría de mi vida. No pude ver más, pues la mano de mi padre tomó la mía y me alejo de la escena que, pese a todo, no me abandonaba, no me abandona. Pasaron muchos años para que volviera a ver la cinta. Hoy se encuentra entre las joyas más preciadas de mi colección de video, pese a que sé, lo confieso, que cada vez que la vea no podré evitar el llanto. Pero me estoy adelantando.
A partir de ese momento, entrar a la sala de cine se volvió un ritual necesario, mi madre tuvo que soportar verdaderos éxodos a todos aquellos lugares en donde se proyectaran las películas que el menor del clan que ella gobernaba, aún gobierna, quería ver. Fue el cine Lindavista el primer templo de oración fílmica al que asistí constantemente. Ahí, supe por primera vez que en el 221b de la calle Baker, vive un detective de apellido Holmes, claro, en esa ocasión personificado por un ratón parlanchín. Supe también que Peter Pan había perdido su sombra y que luego de recuperarla escaparía a mitad de la noche con los hermanos Darling a la Tierra de Nunca Jamás. Claro que estas cintas son muy ingenuas, pero fueron fuerzas fundamentales para dar vida a esa pasión que en lo más profundo cobraba vida. Deseaba convertirme en el protagonista en cada ocasión; ya fuera para llegar al centro de la tierra, para, con toda la cursilería que el hecho conlleva, salvar a la doncella en turno, o para volar por el simple gusto de hacerlo. La misión no importaba, en cuanto las luces se apagaban, se tenía que estar dispuesto a cumplirla.
Es curioso que mi infancia y el cine Lindavista hayan caído de forma casi simultánea. El día en que noté que las puertas de ese castillo que tan buen resguardo me habían dado no abrirían más, no en esa forma vital al menos, supe que crecía, que la vida sería otra. Vinieron los cambios de voz, las espinillas, el creer que todo mundo está en contra nuestra, vino, en fin, el momento en que uno se convierte en un clisé ambulante. Y también llegaron otras salas, y otras películas: Atracción fatal en el Ópera, Batman en el Latino, y en día de estreno; Henry and June en el Futurama –claro, entrando de contrabando, ventaja que otorgaba el ser hijo de trabajador de cines, quien nunca se enteraba-. Era entonces que importaba más el contoneo de Jane Russell o Michelle Pfiffer que la victoria sobre el terrible enemigo. Vinieron por supuesto, los primeros intentos por llegar al cine de la mano de una dulce dama… pero había que estar preparado: lecciones de dicción con Vincent Price, de baile con Gene Kelly, de francés con un ciranesco Gerard Depardieu; de postura, elegancia, caballerosidad y un toque de gandallismo con Humprey Bogart y todo listo. Uno se lanzaba a la empresa sólo para comprobar que, en la escena tantas veces representada de manera tan perfecta en la imaginación, se terminaba siendo, en el mejor de los casos, una mezcla entre personajes de Woody Allen y Peter Sellers. En esos momentos, uno tiene que vagar por ahí como cartel de película de estreno: Solo en cines. Con su respectivo humor ortográfico. Se quiere ser entonces tan invisible como Claude Rains.
Pero no siempre se lleva este mal hado a cuestas, hay momentos en los que se puede entrar victorioso a la sala e infligir besos cómplices de la penumbra, claro, elíjase en esas situaciones una película de Van Damme o algo por el estilo, pues no se estará muy atento a la pantalla. Nunca hay que elegir a los Herzog o Bergman o Jarmusch en situaciones así, pues todo puede desembocar en una ruptura que cause tal dolor que, al llegar a visita médica y al tratar de describir la dolencia y el lugar específico en que ésta se aloja, no se pueda decir más que: “tengo dolores del río” y nazca de nuevo el lacrimoso océano. Se saben estos momentos tan de cierto que por eso se narra todo suceso omitiendo la claridad de la primera persona, pues nos da el lujo de pensar que todo le ocurrió a alguien más.
Cada vez que entramos a la sala de cine, no es para vivir una sola historia, está la otra, la que se escribe al salir, ya sea con el pecho en alto con el alma lista para empuñar la espada y lanzarse a la batalla pese a la conciencia de que seriamos los primeros en caer; ya sea con el conocimiento de que ahí vienen otros 400 golpes, los nuestros; ya sea con nuestros labios prestos a decir: “pueden llamarme Ismael, pero también Napoleón Dinamyte o Sam Spade”. “quiero trepar muros, quiero ser pirata, mi ángel guarda se llama Casiel”; sea como sea, al abandonar la sala de cine somos ese otro que nunca dejamos de ser.
Si toda forma de pasión requiere de la oscuridad para actuar en plenitud de fuerzas, no es porque quiera ocultarse, sino porque puede reconocer con el tacto amante la otra anhelada piel. Así el cine nos deja reconocerlo y se ofrece pleno. Así también el recuerdo de esas naves que mi padre capitaneo fielmente en tantas ocasiones, surge de la unión de dos de mis más grandes pasiones; el cine y las letras. Sean en la palabra poética, no sólo un recuerdo personal, sino esa voz universal que todos somos en la intimidad que compartimos. Sean el relato que nos salva de la ejecución programada, sean La noche mil y un veces.

Francisco de León
Ciudad de México, junio de 2007.

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